Wednesday, December 13, 2006

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Salimos a las 8 de la noche, minutos más minutos menos. De hecho, más bien minutos más. 8:15 creo, tardamos en llenar el pinche camión. Y la señorita, de esas que querían ser azafatas y acabaron en el negocio de los camiones, simplemente no permitía que saliéramos; al fin y al cabo es un camión de segunda, al fin y al cabo nadie que se subió en este camión podía tener prisa.
Yo tengo prisa, la tenía desde entonces, solo que no tengo dinero. Así que llegué a la central, pregunté qué tenían que fuera para la frontera sur. Me dijeron las opciones, me dijeron los precios, y acabé en esta cosa: sin baño, sin aire acondicionado, recientemente lavado, de forma que el pinol te pica en la nariz, rodeado de gente que parece más harta de la vida de lo que yo estoy. No me había dado cuenta yo de que la gente que se sube a los camiones de primera parece subirse con emoción, van a ver familia, van a saludar amigos, van a visitar una ciudad por primera vez; los que nos subimos a camiones de segunda sabemos que viajamos por obligación. Algunos no vamos a regresar, otros regresarán después de partirse el lomo tratando de ganar algún dinero, o de sentarse al lado de su madre que yace en cama, o incluso es ahora que regresan, después de venir a la capital, justamente a partirse el lomo.
En el primer pueblo que paramos subieron tres personas, dos de ellas en claro estado de ebriedad, por desgracia (gracias a la paciencia de nuestra pseudoazafata) estando tan lleno el camión, los pobres tuvieron que sostenerse parados hasta que se bajó gente en nuestra tercera parada. Ante su condición alcohólica, parece que decidieron que la única manera de mantenerse despiertos y más o menos bien parados era manteniendo una conversación dedicada, y detallada, sobre absolutamente toda persona con la cual habían podido mantener relaciones sexuales en los últimos 3 días. Esto molestó un poco a una señora que intentó, muy efusiva pero poco efectivamente, callarlos comentando lo cochino que eran sus comentarios. Los borrachos lograron sacar su caballerosidad hasta el punto de bajar la voz, a uno de esos susurros que bien podrían ser gritos.
Por ahí de nuestra 7ª parada ya no pude más, el interminable desfile de árboles y arbustos, de maizales, y bifurcaciones de carreteras, se había vuelto verdaderamente aburrido, y por lo tanto cerré los ojos.
Soñé con mi hermana, con mi hermana y una vaca. No entendí muy bien, o más bien no parezco recordar todo lo que pasó en el sueño. Pero era algo como que yo estaba perdido, en medio de un gran campo. Y allí estaba un grupo de vacas pastando, pero una de ellas no comía con las demás sino que me miraba fijamente. Parecía querer decir algo, pero se contenía y más bien solo hundía su mirada en mí. En algún momento llegaba mi hermana, y me decía “Yo que tú, la saludaba…”. Supongo que en el sueño eso tenía sentido, por que no dudé mucho antes de voltear y saludar a la vaca, que ya no era una vaca, sino mi hermana, pero en güero.
Desperté con el cocoreo de una gallina, traté de ver la hora pero la luz de mi reloj es tan brillante que no me deja ver lo que dicen los números en mi reloj. Normalmente revisaría mi celular, pero lo dejé en casa. De forma que solo queda preguntarle a la señora de la gallina, la cual es de las pocas personas despiertas en el camión. “11:30, joven”.
Faltan 15 horas.

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